Álvaro Obregón y el Hacha del Destino
Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, dos personajes señeros de la Revolución Mexicano, ambos sonorenses, dos colegas de formación militar por años amigos entrañables, compañeros de mil batallas y de mil traiciones, cómplices en varios asesinatos políticos, ambos Presidentes de la República, siempre uno de la mano del otro, pero el poder irremediablemente los enfrentó, y en una indómita época de constantes vaivenes políticos. Durante el gobierno de Calles, de manera discreta y subrepticia, Obregón no dejó de moverse políticamente y eso le generaba inquietudes al presidente. El Caudillo aún era un hombre aun joven y ambicioso, no estaba satisfecho con el rumbo de la República y paulatinamente empezó a preparar su regreso. La bomba estalló el 18 de octubre de 1926, cuando el diputado obregonista Gonzalo N. Santos, el siniestro “Alazán Tostado”, cacique entre caciques, presentó en la Cámara de Diputados una iniciativa de reforma a los artículos 82 y 85 de la Constitución de 1917 para permitir la reelección del presidente de la República, siempre y cuando hubiere pasado cuando menos un período posterior a su cargo y, por otra parte, disponer de la extensión del período constitucional de cuatro a seis años.
Estas reformas, promovidas por el bloque obregonista, fueron aprobadas en dos días. Representaron un verdadero albazo político porque este tipo de iniciativas tan trascendentales por lo general eran presentadas por el Ejecutivo. La indignación de Calles fue inmensa, pero no solo fue él. El corrupto líder de la CROM, Luis N. Morones, quien se veía como el inevitable candidato oficial a la presidencia, veía como se desmoronaban sus sueños. Buena parte de la cúpula del Ejército Mexicano era antiobregonista, empezando por el entonces secretario de Guerra y Marina, el general Joaquín Amaro, quien también se sentía presidenciable. Pero donde el bombazo pegó más duro fue en la Iglesia Católica, la cual disputaba con el gobierno la cruenta Guerra Cristera y veía en el eventual retorno de Obregón al Palacio Nacional la continuación e incluso, quizá, el agravamiento del conflicto. Muchos eran los interesados en hacer desaparecer al Manco de Celaya.
Poco se recuerda que la caza del caudillo empezó en enero de 1926, Cundo mientras Obregón se dirigía por tren de Los Ángeles a Tucson un individuo irrumpió en su cabina y disparando su pistola varias veces sobre la cama inferior de la litera donde, supuestamente, dormía el expresidente. El atacante, un tal James MacDowell, caballero de Colón y, por lo tanto, ferviente católico, suponía que Obregón, por carecer de uno de sus brazos, no dormiría en la parte superior, pero se equivocó. Fue detenido rápidamente y así salvó la vida el invicto general. En un segundo intento, un grupo de católicos radicales colocó cargas de dinamita debajo de un puente para hacer volar el ferrocarril en el que viajaría Obregón, pero las autoridades cerraron ese mismo día dicho puente para una revisión de rutina. Al año siguiente, el 13 de noviembre de 1927, activistas católicos trataron de asesinar a Obregón con una bomba, arrojándola a su automóvil, cuando transitaba por la avenida Jalisco, hoy Álvaro Obregón.
En abril de 1928 tocaría el turno ni más ni me nos que a los moronistas. El líder de la CROM ya había antes advertido en un mitin que Obregón no llegaría vivo a la presidencia. Ese día, en un acto de campaña en Orizaba se escucharon descargas de fusilería provenientes precisamente del edificio sede de la CROM. Obregón salió leso de la intentona gracias, se dice, a que corrió como conejo”. Apenas repuesto del episodio, Obregón protestó personalmente ante el presidente y exigió la destitución de Morones de su puesto como secretario de Indistria y Comercio No se le hizo caso. Llegaron las elecciones, en las que el Caudillo se impuso con facilidad, pero pocos festejaron, el ambiente estaba demasiado turbiio. Por eo el comingo 15 de Julio el ya presidente eleo llegóa a la ciudad de México para pedirle a Caller “aclarar paradas a pesarde que los obregonista le suplicaban no hacer el viaje a la capitl. Ahora pretendía la renuncia no sólo de Morones, sino también delgeneral Joaquín Amaro y del jefe de la policía general Roberto Cruz, por conside-rarlos sus enemigos, quienes le hacían una labor de obstrucción intolerable.
fue recibido por una multitud más de 30 000 individuos lo esperaban en vallas de honor.
Ese día y el siguiente fueron de agasajos, en el Parque Asturias y en otros lugares. Hasta el martes 17, a las 12 meridiano, el Caudillo se presentó en Palacio Nacional a plantear la necesidad de solucionar los problemas políticos que en ese momento lo inquietaban. Antes de que con- cluyera su perorata, Calles lo interrumpió para proponerle que “hablaran largamente” al día siguiente, ya que Obregón debía dirigirse al restaurante La Bombilla al banquete que le ofrecía la diputación del estado de Guanajuato y luego ver al embajador de Estados Unidos. El Caudillo aceptó la propuesta de su interlocutor y se marchó a su casa de Avenida Jalisco 65, para luego trasladarse al que sería su destino final.
Ya en la Bombilla, mientras se encontraba en la mesa, un joven de nombre José de León Toral se hizo pasar por caricaturista e ingresó a La Bombilla para ofrecer retratos a los comensales.
Cuando se acercó a la mesa del grupo político, Toral comenzó haciendo bocetos para otras personas hasta que finalmente llegó con Obregón. Después de hacerle un retrato, el joven le mostró su trabajo al político y, en ese mismo instante, sacó un arma y le asestó seis disparos que acabaron al instante con su vida. La noticia corrió a lo largo del país y, al día siguiente, la justicia ya había encontrado a la supesta autora intelectual del asesinato. Nada menos que una monja católica, llamada Concepción Acevedo de la Llata (conocida como La Madre Conchita), con quien Toral había tenido una conversación sobre la importancia de asesinar a Obregón para proteger su fe. La mujer fue aprehendida y torturada. Su juicio presentó varias irregularidades. Recibió una condena de veinte años en prisión. A su vez, José de León Toral fue condenado a muerte y fusilado en Lecumberri en 1929.
Al respecto de este magnicidio han surgido numerosas leyendas y teorías.
Muchas de ellas
Los actores políticos se acusaban mutuamente de ser los autores intelectuales del crimen, y a la hora de las indagaciones pesó más la fabricación dogmática de culpables que la búsqueda y el encuentro de los ele- mentos necesarios para deslindar las responsabilidades judiciales. En otras palabras, el esclarecimiento de los hechos se supeditó a la pesca de ganancias políticas en el río revuelto del magnicidio. Así, los obregonistas acusaron a Morones y por medio de él al presidente Plutarco Elías Calles de preparar el ambiente; a su vez, Morones señaló a la Iglesia católica como la autora de la conspiración tras bambalinas; Calles consideró culpables a los católicos fanáticos; la Iglesia católica, por su parte, se deslindó del asunto y acusó a Concepción Acevedo y de la Llata (Concha) y a José de León Toral, aunque justificando ampliamente el atentado. Otra tesis, sostenida por jefes policiacos, y refrendada años después por el de- legado apostólico arzobispo Ruiz y Flores, fue que los moronistas se aliaron a la religiosa Concha y a Toral para liquidar a Obregón.
El asesinato no fue aclarado más allá de lo evidente: la ejecución material y una presunta autoría intelectual. Las dudas han permanecido, como es usual en los magnicidios, porque no se aportó ninguna prueba para incriminar a los presuntos autores tras bambalinas. La verdad legal fue que José de León Toral, sugestionado por Concepción Acevedo y de la Llata, fue el único culpable de la muerte del general Obregón. Las declaraciones de los señalados como participantes en la conspiración y ulterior liquidación del Caudillo fueron definitivas para que se diera el resultado final, mientras que el magnicida, por su parte, confesó ser el único responsable del acto que cometió a la vista de todos.
Pero las teorías de conspiración cobraron fuerza cuando en 1937, cuando “alguien” engañó a las autoridades en el Hospital Militar y depositó un acta apócrifa;
Realmente como los verdaderos historiadores lo confirmaron, Álvaro Obregón recibió sólo seis balazos y todos del arma .32 de José de León Toral.
MIENTRAS LOS TESTIGOS OCULARES DEL SUCESO NIEGAN QUE SE HAYAN REGISTRADO OTROS DISPAROS, “el acta del doctor Juan G. Saldaña asevera lo contrario y la huella de OCHO MILIMETROS con escara de un milímetro, a nivel de la cuarta vértebra dorsal y a 5 centímetros de la línea media acrecienta la duda de que se usaron dos pistolas cuando menos para asesinar a Obregón y que una de ellas era probablemente de calibre .45”.
O sea, sostenía que los agujeros redondos de ocho milímetros son de proyectil calibre .45, cuando que éstos dejan un orificio redondo de 11.43 milímetros, y en cambio, las balas calibre .32 sí dejan orificios de 8 milímetros.
De hecho, las autoridades de LA PRENSA, desconfiaron del “repórter” entusiasmado con su “crónica falsa”, y el miércoles 24 de marzo de 1937, no le dieron “principal” a la nota, apenas sí un cintillo en primera plana y, en la página 3, citaron: “19 perforaciones presentaba el cadáver del general Obregón. DE DARSE CREDITO al acta que se levantó en el Hospital Militar, hubo otros disparos que no hizo Toral sobre el expresidente”.
En vano intento por corregir la grave pifia del “repórter” misterioso y para aclarar lo de los calibres, la Secretaría de Guerra se comunicó a LA PRENSA para enfatizar que los calibres se miden por centésimas de PULGADA, excepto el calibre 9 milímetros. Por ejemplo, el .22 deja orificio circular de 5.588 milímetros; el .25, 6.35 milímetros. El .32, 8.128 milímetros. Calibre .38, 9.652 milímetros. El .44, 11.176 milímetros y el .45, 11.43 milímetros.
La conversión es sencilla. La más fácil, aproximada, es dividir entre 4 el calibre en pulgadas y da cifras en milímetros. Ejemplo: 22 entre cuatro, da 5.5. El 25 entre 4: 6.25, el 32 entre 4: 8.
El general Ignacio Otero también dijo que entre quienes llevaron a Obregón a su casa, en un auto Cadillac, estaba el doctor Alejandro Sánchez, médico personal del expresidente, los recibió el doctor Osornio, (quien había ayudado en la operación quirúrgica que se realizó a bordo de un tren, cuando el general Obregón fue alcanzado por una esquirla de granada, que le lastimó el brazo derecho para siempre), y ningún otro médico fue admitido en la residencia. Ningún doctor ajeno “autopsió ni embalsamó” el cuerpo de Obregón y menos fueron llevados los restos al Hospital Militar. De la casa familiar fue trasladado, aseado y con ropa nueva, el cuerpo del general Obregón a Palacio Nacional, se le rindieron honores y al día siguiente se le llevó a la Estación Ferroviaria Colonia, para su traslado urgente a Sonora.
Con el acta apócrifa y aparentemente “copia del original que está con el número 148, en el Hospital Militar”, se presentó el redactor en el domicilio del doctor Alberto Lozano Garza, médico forense del Hospital Juárez y le suplicó que interpretara los datos.
Así nació el famoso diagrama. “El médico tomó un papel, hizo un dibujo pintando el cuerpo de un muñeco y fue poniendo puntos en los sitios correspondientes, de conformidad con la descripción del acta. Y dijo que una perforación puede ser oval y medir más que otra circular, correspondiente al mismo calibre de la pistola y esto depende de la forma del disparo y de cómo penetra la bala al cuerpo”, explicó el ”repórter”.
Amablemente el doctor Lozano, (autor del diagrama, nunca olvidarlo, por favor), “explicó a nuestro redactor que el juicio de todas maneras no puede ser exacto, en vista de que lo único que habría sacado completamente de dudas, HUBIERA SIDO LA AUTOPSIA, PERO QUE COMO NO SE HIZO, la opinión adolece de no ser expresada ANTE LA REALIDAD, O SEA ANTE LA VERDAD ANATOMICA, CON EL CADAVER DEL GENERAL OBREGON DELANTE”.
El novelista Francisco Martín Moreno se ha encargado de proplar esta versión de los hechos. En la página 527, último párrafo,de su novela Mëxico Acribillado” se explica que el cazador «DISPARARÍA A LA DISTANCIA, ESCONDIDO EN ALGÚN RECODO DE LA BOMBILLA, CON UN RIFLE DOTADO DE MIRA TELESCÓPICA, MIENTRAS QUE JOSE PREVÉ LO HARÍA CON DOS PISTOLAS, POR DEBAJO DE LA MESA, OCULTO POR LOS ENORMES MANTELES, JUSTAMENTE ENFRENTE DE OBREGÓN Y DE AARÓN SÁENZ. CUANDO LEÓN TORAL, EMPEZARA A DISPARAR ELLOS LO HARÍAN Y DE NO ATREVERSE POR LA RAZÓN QUE FUERA, CUANDO LA ORQUESTA DE ALFONSO ESPARZA OTEO INICIARA LA SEGUNDA ESTROFA DE «EL LIMONCITO», LA PIEZA FAVORITA DEL MANCO, EN ESE MOMENTO ESTALLARÍA LA BALACERA.
Ha quedado claro que el diagrama fue elaborado para LA PRENSA el 23 de marzo de 1937 y publicado al día siguiente, además de que el cuerpo de Obregón jamás estuvo “en una plancha” y nunca se realizó alguna AUTOPSIA INFORMAL.
Según el diagrama alterado por Excélsior, los calibres mencionados en la publicación del 20 de mayo de 1947, son: .32, .45, .38 especial, calibre 8 milímetros y calibre 7 milímetros. Estos dos últimos calibres NO EXISTEN y menos el de TRES MILIMETROS que describe Francisco Martin Moreno.