El futuro de Netanyahu
El ataque terrorista de Hamás del pasado 7 de octubre fue un golpe quizá mortal para el prestigio y la vida política de Netanyahu. De forma clamorosa la inmensa mayoría de los ciudadanos israelíes le exige asumir su responsabilidad por este garrafal fallo de seguridad. Sin embargo, el primer ministro ha evitado dar explicaciones y se limita a explotar una retórica de guerra contra el terrorismo. El descontento con el gobierno de Netanyahu viene de hace rato. Desde el año pasado los intentos de reducir el Poder Judicial han dado lugar a protestas sin precedentes. Asimismo, la conformación de la actual coalición gobernante, donde participan partidos ultraortodoxos y sionistas radicales, no gusta a los sectores laicos y moderados. Ahora, con la guerra en Gaza, el primer ministro busca retrasar su inminente salida del poder al enfrentar el país una emergencia, pero la ciudadanía no olvidará el día más mortífero de la historia de Israel y la muerte violenta de 1,400 personas.
Netanyahu ha limitado sus apariciones públicas. Solo asiste a eventos cuidadosamente organizados, evitando al máximo la posible aparición en ellos de ciudadanos descontentos. Ya ocurrió un incidente desagradable al principio de la guerra, cuando soldados de reserva lo abuchearon y pidieron su dimisión. Todavía no se ha reunido con ninguna de las familias de las víctimas ni ha visitado alguno de los kibutz devastados. Sólo ha tenido dos reuniones con las familias de los 240 rehenes retenidos en Gaza, y fueron eventos tensos. Después de sólo siete preguntas interrumpió abruptamente su única conferencia de prensa desde el desastre. Pese a todo, los partidarios de Netanyahu no se rinden y están impulsando una narrativa de exoneración. Incluso difunden teorías conspirativas en las redes sociales sobre una supuesta “traición” dentro del ejército. No está funcionando. Los jefes de las Fuerzas de Defensa y de las ramas de inteligencia se apresuraron a asumir sus respectivas responsabilidades por las fallas operativas y de inteligencia. Todo el mundo espera sus honorables renuncias para cuando la guerra termine. Por supuesto, lo mismo se espera de Netanyahu. Según encuestas recientes tres cuartas partes de los israelíes lo demandan.
Se acerca al ocaso definitivo para quien ha sido el hombre fuerte de Israel durante doce de los últimos catorce años. A este hábil superviviente y prestidigitador político de repente se le han agotado los trucos. Para colmo, ya no controla a los miembros de su coalición de línea dura, quienes carecen de cualquier tipo de planificación estratégica de posguerra y cuyo principal deseo declarado es un absurdo retorno permanente de Israel a la Franja de Gaza y la reconstrucción ahí de los asentamientos judíos desmantelados en 2005. Netanyahu no puede aceptar estas demandas porque significaría el fin del apoyo de los gobiernos occidentales. Pero el hombre está paralizado, acorralado por circunstancias políticas y militares demasiado azarosas. Y aunque dentro de su megalomanía todavía se ve a sí mismo como la encarnación del destino de Israel y no está preparado para contemplar la posibilidad de entregar el poder, una mayoría de israelíes, incluidos muchos de quienes le votaron, ahora lo ven como una maldición. Ya no es respetado ni por los militares ni por la sociedad. Una vez terminada la guerra lo echarán.